El ciclo Trayectorias intelectuales, organizado por la Fundación Amigos de la Biblioteca Nacional de España (FABNE), consistirá en una serie de diálogos mantenidos con personas relevantes del mundo de las artes, las letras, la ciencia, la política y el periodismo, en conversación con un moderador/a sobre un tema que el invitado/a en cuestión proponga como significativo y trascendente de su trayectoria. No se trata entonces de revisar la trayectoria del invitado/a en su conjunto, sino de profundizar en un tema propuesto por el propio invitado/a por la influencia ejercida en su trayectoria. El tema puede ser conceptual -el amor, el trabajo, la lectura, el compromiso-, o bien puede tratarse de un libro, un cuadro, una amistad, una influencia.
La segunda de las conversaciones se mantendrá con Arantxa Echevarría y Eduardo Torres-Dulce, en coloquio con Fernando Rodríguez Lafuente. El diálogo se centrará en El cine como espejo colectivo.
Desde que Richard Wagner imaginó la ópera como una obra de arte total, el cine heredó esa ambición desmesurada: absorber todas las artes y convertirlas en una sola corriente de imágenes, sonidos y emociones. En una película conviven la música, la literatura, la pintura, la arquitectura o la fotografía, pero ninguna permanece intacta; el cine las devora y las transforma en otra cosa. Quizá por eso sigue siendo el arte más voraz de los siglos XX y XXI.
El cine no solo narra historias, también fabrica memoria. Mucha gente conoció antes el Nueva York del cine negro que la ciudad real; París aprendió a ser melancólica en la pantalla, Roma adquirió una eternidad casi teatral y Madrid terminó convertida en un territorio de ruido, ironía y supervivencia. Las ciudades filmadas dejan de pertenecer a la geografía para instalarse en la imaginación colectiva.
Al mismo tiempo, pocas artes retratan con tanta precisión el pulso moral de una época. En las películas quedan atrapados los miedos, el lenguaje, las formas de amar y hasta los silencios de una generación. Basta recorrer el cine español para observar la transformación del país: la asfixia de la posguerra, el desconcierto moral del tardofranquismo, la euforia desordenada de la Transición o la incertidumbre contemporánea de una sociedad marcada por la precariedad y la fatiga emocional.
Sin embargo, el cine vive hoy una paradoja extraña. Nunca se consumieron tantas imágenes y nunca pareció tan frágil la experiencia colectiva de la sala oscura. Las plataformas han acelerado el consumo hasta convertir muchas películas en ruido de fondo, en productos destinados a ser olvidados al día siguiente. Frente a esa velocidad, el cine todavía conserva algo irreemplazable: la capacidad de detener el tiempo durante unas horas y obligarnos a mirar el mundo con los ojos de otro."La Fundación Ramón Areces no se hace responsable de las opiniones, comentarios o manifestaciones realizados por las personas que participan en sus actividades."